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"Mi ciudad huele a naftalina, está socialmente anclada en un pasado que se resiste..."

Escribe: Mauro Casella

“Recuerden mujeres que los verdaderos derechos se deben conquistar, que es necesario vencer a los conservadores, rutinarios retrógrados, los temerosos de lo nuevo, los amantes del pasado, que es necesario vencer el temor de los políticos que ven con recelo esta incógnita que representa el voto femenino”

Alicia Moreau

“(...) porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”

Eduardo Galeano.

Mi ciudad huele a naftalina, está socialmente anclada en un pasado que se resiste. En muchos aspectos no difiere de muchas ciudades del resto del país, pero mi ciudad tiene algo en particular, no supo, no quiso superar la desaparición de aquello que constituyó su identidad, los ferrocarriles, que hoy siguen agonizando sin poder convertirse en mito fundador de un pueblo y que como todo trauma es negado y ocultado socialmente.

Mi ciudad huele a naftalina también porque muchas de sus instituciones no propusieron nada nuevo, las iglesias conservadoras, la política en su limbo, las instituciones tradicionales encerradas en sí mismas, todos mirándose el ombligo sin percatarse de que el siglo xxi es una realidad y de que los cambios se aceleraron vertiginosamente en los últimos años.

Mi ciudad huele a naftalina también entre sus vecinos y sus calles donde muchos pululan sin sentirse parte de algo que no les pertenece y se aferran a nada, mascullando la bronca de la desilusión colectiva, de un centro sin estatus, de una periferia que configura su propia lógica sin sentirse parte, porque en mi ciudad las periferias, los barrios, no son reconocidos por sus habitantes, son mundos diferentes de exclusiones simbólicas y sociales.

Pero más allá de todo ello, mi ciudad también huele a naftalina en sus hombres, machos sin destino, los viejos, que supieron construir la honorable ciudad que ya no existe y los otros, que en su exclusión y reclusión ejercen el mandato patriarcal y la violencia como forma de reproducción del status quo.

Mi ciudad, que huele a naftalina, es una ciudad violenta, violenta por la droga y la inseguridad, violenta por la imposibilidad de ser algo más de lo que fue en un pasado, pero también violenta (y en esto no se diferencia de otras ciudades) por desidia política, institucional y ciudadana. La ciudad no escucha ni dialoga, los machos de mi ciudad no se percatan de los sutiles hilos de poder patriarcal que ejercen, de la violencia simbólica, de la exclusión (y no hablo solo de pobreza) y de la otra, la violencia física protegida y ocultada por redes de poder institucional y familiar.

Mi ciudad huele a naftalina porque nadie habla del tiempo perdido, nadie habla de “eso” que molesta, los machitos que ejercen el poder (porque en mi ciudad no existe institución política y social gobernada por mujeres salvo dos o tres excepciones honrosas) no son capaces de ver los problemas, de proyectar un futuro que incluya a todes, que abra las puertas, que se anime a amplificar las voces de les excluides y oprimides.

Si en mi ciudad que huele a naftalina los machitos patriarcales que ejercen el poder siguen amordazando aquello que grita, es la ciudad y sus habitantes quienes van a amplificar esas voces, y por suerte en la ciudad gris existen mujeres y hombres que quieren revertir esto, que se animaron a hablar, a hacer, a recuperar un club, una banda de música, ocupando espacios en instituciones, renovando su aire y sus ideas, algunas por propia voluntad de su dirigencia, otras por abandono como los trabajadores del ferro que luchan por su trabajo.

En la ciudad oprimida con olor a naftalina, hay iniciativas gubernamentales que tratan de abrir nuevos horizontes, y también, en mi ciudad, nacen nuevas instituciones y clubes, la cultura tímidamente rebrota con su fuerza transformadora, se forman centros de estudiantes y grupos de jóvenes que quieren hacer oír su voz cantando hip hop, y con ello sus historias de violencia y exclusión, hoy tienen un lugar para hacerlo, también talleres entre diferentes, desconocidos, para aprender oficios, danzas o lo que sea, se reproducen con un sentido que genera solidaridad, encuentro y sobre todo escucha.

No todo está perdido, por suerte también en mi ciudad que huele a naftalina, están las pibas nacidas del Ni Una Menos que, como en otras ciudades hacen visible una causa que subvierte las bases culturales de nuestras sociedades y también hacen oír la voz de aquellas que no la tienen, las que sufren todos los días y desde hace tiempo la sutil violencia que oprime y muchas veces lastima o mata.

De ellas, estoy convencido, nace la esperanza, como voz oprimida por años, que junto con todas aquellas voces oprimidas por mi ciudad rancia, configuran un nuevo presente y un nuevo futuro, que incomoda al machito perecino, que interpela a todos y a todas. Incluso a la política, que no puede hacerse la zonza tapándose los oídos, replicando patrones de exclusión y reproducción de las redes que protegen y naturalizan la represión y la violencia, cerrando con llave las puertas de la participación, el diálogo y la democracia echándole naftalina para que el pasado no huela tan mal.

Quienes creemos en la democracia y en la política como acción organizada de la ciudadanía para cambiar una realidad, tenemos la responsabilidad y el deber de trabajar para que lo nuevo florezca y derrame su potencia transformadora en todos los ámbitos de la sociedad, reconociéndonos machitos patriarcales seguramente podremos aceptar un nuevo punto de vista, sensibilizarnos por lo que queda oculto y marginado y por sobre todo actuar para que sea distinto.

Por suerte, en mi ciudad que huele a naftalina, junto a muchas iniciativas que florecen están las pibas, las únicas capaces de poder hacernos repensar todo, cuestionando hasta nuestras más profundas convicciones, para que lo que hoy es deje de ser y para que mañana sea mejor. Patria por matria, frater por soror y juntos a la par machito perecino, porque el futuro será ecológico, inclusivo y feminista o no seremos nada.